Mi cerebro es guai, y no lo digo porque sea mío, que conste. Siempre está urdiendo ideas alocadas y hasta podríamos decir que se conserva muy bien para la edad que tiene, y que aún no nos ha cogido sentidiño. Tolera aceptablemente bien la presión, pero tiende a desconectar cuando algo le aburre y enseguida pierde el interés si no hay nada que le llame la atención.
Mi cerebro es inquieto y perezoso. Yo me esfuerzo por empezar pronto el día para que me de tiempo de hacer mil cosas, pero si por él fuese estaríamos durmiendo hasta la hora de comer, claro que yo luego me enfado y me pongo que no hay quién me aguante, así que, a regañadientes, obedece; así logramos evitar una de esas discusiones internas tan absurdas e incómodas.
Ayer tuve una de esas mañanas de miles de papeleos en sitios distintos que tanto tiempo hacen perder y acaban por hacerme sentir como si fuese la directora de una influyente empresa, todo el día de organismo en ministerio, de ministerio en delegación, y así, todo el día corriendo como una ejecutiva del siglo pasado. Porque la verdad es que yo considero que una ejecutiva de la era digital debería poder hacer casi todas esas cosas desde su ordenador. Pero bueno, el caso es que me levanté muy temprano para hacer todos esos papeleos que eran tan importantes para mí pero tan sumamente aburridos para mi pobre cerebro. Y encima me dejé el libro que estaba leyendo y mi smartphone en casa...horror!!!! Iba a ser una mañana dura para mi pobre masa gris, de sala de espera en sala de espera y sin nada que estimulase su adormecida inteligencia. Se mascaba la tragedia.
Eran las 9 y pico y yo quería solicitar el voto por correo antes de irme a clase de inglés porque hay una salida con los trepas prevista para el finde del 20N y ante la duda quería dejar todo atado por si aca. Yo esperaba en correos a que me atendiesen, pero mi cerebro solo pensaba que íbamos a llegar tarde a la clase de inglés, que en realidad era la única cosa que estimulaba su atención aquella aciaga mañana. El caso es que me atendió una señora muy maja que me explicó todo y me dio los impresos a cubrir. Empecé a cubrirlos rápidamente mientras mi cerebro me metía prisa...de verdad no puedes escribir más rápido? Madre mía, que no llegamos!!!! Cállate, joder! Ves? Ya me he equivocado...estarás contento!!!! Cojo otro impreso y vuelvo a empezar, como decía mi madre cuendo era peque "cuanta más prisa más risa" Empezamos de nuevo, miro la hora y él bufa mientras calcula mentalmente si llegaremos a tiempo cogiendo una bici. Salgo pitando de Correos con mi resguardo y llego a clase a tiempo ¿ves? No era para tanto, quejica!!!!
Por la noche reviso los papeles antes de guardarlos en la correspondiente carpeta (soy un poco obsesiva con eso de los resguardos de todo) y releyendo veo que he hecho un bonito mix entre mi dirección de residencia y los datos que figuran en el padrón. NOOOOOOO!!!!!!Mierda, si al final me voy a quedar sin votar y todo!!!!
Hoy por la mañana vuelvo a Correos con el consiguiente cabreo. Odio perder el doble de tiempo en hacer un trámite que a priori era sencillo. El chico me dice que mis papeles ya no están allí y que ellos ya no pueden hacer nada. Le pregunto si puedo ir directamente a recoger la documentación a la oficina y me dice que no porque ellos no la llevan, que si eso vaya a preguntar a la central. Me he equivocado poniendo el número de portal por la nada despreciable cifra de 51 números (sí amiguitos, hasta en aquello tan de Barrio Sésamo de par/impar), vamos, que aunque el cartero sea un figura no me encuentra ni de coña. Salgo corriendo bastante agobiada mientras me acuerdo de este vídeo
En Correos me dicen que allí no está, y que vaya a preguntar a la oficina del censo electoral a ver si la documentación no ha salido aún, y de no ser así, a ver si me pueden dar el número de registro para que en Correos me la retengan hasta que vaya a recogerla personalmente. Como me la devuelvan por desconocido ya me puedo ir olvidando de votar. Joder, yo no tengo aún muy claro a quién le voy a votar, pero tengo clarísimo qué "figuras" no quiero que se queden con mi voto, y me jode, mucho.
Salgo corriendo a la oficina del Censo, que afortunadamente queda relativamente cerca de mi casa. Les cuento mi triste caso y una señora desaparece por un pasillo con mi resguardo después de mirar en un ordenador. Vuelve al cabo de un rato y me dice que mi carta está allí pero que aún no la han registrado, que reciben unas mil al día y va a intentar incerceptarla (como si fuese la capitana de un escuadrón de ataque), pero claro, hay más gente currando allí y tal. Así que después de hacerle una fotocopia a mi resguardo, corregir por encima el dato erróneo y pedirme el teléfono, la amable funcionaria me dice que si la encuentra ya corrige ella misma los datos antes de meterlos en el ordenador, con lo cual recibiré mi documentación en casa entre mañana y pasado. Y que de no ser así la llame en un par de días para que me de el número de registro y vaya a correos a recogerla yo misma antes de que la devuelvan y se pierda en el almacén de votantes inútiles que no saben poner bien su dirección en un impreso. Yo miro con reproche a mi cerebro mientras cabizbajo asume que se ha pasado de listo, y que vale que los trámites administrativos sean un coñazo, pero que no se puede ir de sobrao. El pobre se siente culpable y se ofrece a leer el BOE durante una semana como penitencia. Me lo llevo al Eroski a comprarle algo que le guste, está muy triste y me da penita.
Ahora nos vamos a escalar mientras esperamos que esa señora tan maja y con aspecto de persona eficiente resuelva nuestra metedura de pata, la falta de interés de mi cerebro y mi exceso de confianza. Eso sí, como esta tarde le diga que levante la pierna y no lo haga la vamos a tener.
Moraleja: nadie debería dejar que su cerebro realizase cosas realmente importantes a las 9 de la mañana
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