Siempre me ha fascinado viajar.
Cuando era peque mis padres y yo pasábamos las vacaciones de verano perdidos por sitios remotos con la tienda de campaña. Su mes de vacaciones lo dedicábamos a ir de pueblo en pueblo, de playa en playa, en busca de sol. Así conocí Louro, Ézaro, y otros sitios maravillosos de la costa gallega y lloré cuando no nos dejaron entrar en Portugal porque yo no tenía pasaporte y tuvimos que conformarnos con Vigo y la Illa da Toxa.
Luego crecí, y vinieron los campamentos de verano, mis primeros viajes sin padres, conocer lugares y gente nueva y empezar a experimentar con la adrenalina. En la Sierra de Béjar hice mis primeros pinitos con un parapente, mientras aprendía lo que era el amor y el desamor de verano. Y vi a la tuna salmantina rondar a las mozas en la Plaza Mayor, y la fábrica de aquellas famosas galletas en Aguilar de Campoo. Descubrí que no todo en Castilla era feo y seco.
Y la tienda canadiense familiar se transformó en una tienda chalet que una vez al año echaba raíces por la costa levantina, yo seguía viajando con mis padres, y la comuna crecía, ahora también se venían mis primos y tíos, y vinieron las primeras aventuras sin permiso paterno, escaparse en bici a las calas cercanas, y las expediciones nocturnas. Y viví mi primera evacuación tras una riada.
La niña siguió creciendo y las vacaciones familiares se aburguesaron un poco, cambiamos la tienda chalet por el chalet a secas,o el hotel. Y odié guirilandia (aka Benidorm), y viví mi primera borrachera en Roquetas de Mar.
Pero aquello ya era el fin de una era. El pajarillo quería volar solo. Y vinieron los campos de trabajo en lugares en medio de la nada, en pueblos perdidos donde lo más
importante no era dónde ibas a vivir, sino cómo ibas a vivir. Vivir la
aventura, vivir con lo mínimo,en medio de la naturaleza, dormir al raso y despertarte en medio de la noche y solo ver estrellas y los ojillos de un zorro que te miran curiosos en la Sierra de Peñalara. Y me enamoré de Euskadi, y de los vascos. Y volví allí una y mil veces, volvería allí una y mil veces.
Luego viajar en cierto modo dejó de ser un placer para convertirse en una necesidad, un modo para estar con esa persona en particular, y todo giraba en torno a ahorrar dinero para poder viajar. Y tuve que dejar de comprar cds para poder ahorrar, me enamoré de Madrid, y nuevamente de Salamanca, y me disgusté bastante porque no me dejaron que Granada fuese lo que yo quería que fuera.
Por aquella época viajar se volvió un recorrido por la geografía gallega y sus fiestas populares, porque yo me convencí a mí misma de que antes de ver mundo fuera había que descubrir los tesoros cercanos. Y a mis veranos volvió la tienda de campaña, está vez la mía, más
modesta, un simple iglú, acompañada de mi forito Fulgi. Y le enseñé
Portonovo, y Ortigueira, y me llevó a ver a Los Planetas a Palas de Rey,
descubrí la mariña lucense, y la costa de Asturias, a Festa da Fraga, y
nuevamente Louro. Y mis pinitos en la acampada libre en Castro de Baroña y algún lugar recóndito cerca de Pantín.
Y aquella cosa de los festivales porque sí, como simple fiesta sin más pretensiones musicalmente hablando, derivó en la época de los festivales como objetivo: Festimad, FDN ,Sonorama, Cultura Quente, Super Bock Super Rock. Y también los viajes para ver a grupos, irse un finde a Madrid a ver a LOL, o a Arcade Fire...o irse a Granada a hacer la procesión del frikismo planetario. Pero como por aquel entonces llevaba un tiempo viviendo fuera del domicilio materno la cosa del viajar no daba para más, había que racionar el dinero, muchos viajes cerca y mucho mundo por descubrir.
La pared de la entrada se ha ido llenando de postales a lo largo de los años, recuerdos de amigos que viajaban y conocían sitios molones y lejanos, sitios que yo soñaba conocer algún día, más adelante, cuando tuviese más dinero. Mientras tanto me seguía escapando a escalar a Portugal, o a Picos de Europa, o a algún concierto y matar el gusanillo de vivir en esta ciudad que amo y odio a partes iguales.
Y ahora toca otra vez explorar nuevo mundo, establecer el campo de operaciones en otro lugar y reconocer el medio. Moverse despacio, moverse rápido, pero moverse. Y volver a sentir de nuevo esa maravillosa sensación de descubrir que todo es nuevo, volver a sentirte desprotegido e intraquilo, fuera de tu medio en un mundo que no conoces, como un niño que se ha descuidado un momento y ha perdido a sus papás. Y ser yo la que envía postales que esbozarán sonrisas en manos de seres queridos

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