domingo, 28 de octubre de 2012

Soñar despierta

Llevo un mes de lucha interna semanal. Yo contra mi pereza; alguna vez ella me ha vencido, pero la mayor parte de las veces gano yo.

Odio los gimnasios. He intentado ir a ellos millones de veces en mi vida, pero la realidad es que me aburren mortalmente. Nunca he conocido a nadie interesante en un gimnasio, y creo que es algo que nunca ocurrirá. Supongo que también estarán llenos de gente maravillosa, y es probable que la culpa de no haber conocido a ninguno de esos seres que considero tan "rara avis" sea un poco mía, porque la verdad es que esa connotación social de los gimnasios se me escapa.

A ver, seamos sinceros: estás tú en la elíptica sudando como una cerda y con unos coloretes que ya los quisiera Heidi para sí, y de verdad hay alguna posibilidad de que alguien quiera acercarse a entablar una conversación interesante? Ya no estoy hablando de ligar, que desde la otra punta de la sala se escucha tu respiración entrecortada! Ni de coña, vamos.

Yo llego al gimnasio, me meto mi tute semanal de aeróbicos y maquinitas varias, me relajo un ratito en la sauna y salgo corriendo como alma que lleva el diablo.

Que qué hago yo en un gimnasio entonces, os preguntaréis. Pues cuidar de mi patita mala, meterle caña a base de pesas y hacerla sufrir bastante, no lo vamos a negar. La pobre aun está lejos, a años luz, de su mejor momento, y se queja bastante y yo me frustro bastante también y a veces mi cabeza se me llena de pensamientos de resignación: igual ese p*** tornillo del tobillo no deja de doler nunca, igual nunca vuelve a ser la de antes, igual nunca puedes volver a escalar...

Bingo! La escalada, como no, es el único motivo que ha logrado arrastrarme a este templo de la salud por mi propia voluntad. Es uno de esos momentos en la vida que tienes que hacer algo que odias y tratar de que ese árbol no te impida ver el resto del bosque, así que cuando llego al gimnasio me sumerjo en una especie de ensoñación y mi mente empieza a viajar, lejos, muy lejos. Y me imagino en Groningen escalando la torre Excalibur, o haciendo un entrenamiento rutinario en el roco, o disfrutando (esta vez sí) de un atardecer en el Eume con sus cerves y la tapa de requesón de después.

Y mientras mi mente viaja, mi cuerpo sigue peleándose en la elíptica, rápido, más rápido.

Pero mi vida es mucho más divertida en mi imaginación

                         Torre Excalibur, Groningen. El rocódromo más alto del mundo (37 m.)

viernes, 26 de octubre de 2012

Fin (de la primera parte)

Hay algo en esta época del año que me pone tremendamente melancólica.

Lo reconozco: odio el invierno, el frío y la ausencia de luz. Eso de que a las 6 de la tarde ya sea de noche (y eso que aún no hemos cambiado la hora) baja mi energía vital a cotas negativas, me vuelve perezosa y taciturna, y solo se me vienen a la cabeza imágenes de pelis de vampiros rollo "30 días de oscuridad"

Que sí, que vale que me mole la noche mogollón para salir de fiesta, pero es que últimamente me da la sensación que vivo en una noche eterna. Por la mañana me levanto y está amaneciendo, cuando salgo del trabajo se está haciendo de noche, y los findes entre que duermo la resaca, como algo y vuelvo a ser persona, tres cuartos de los mismo. Mis biorritmos están totalmente descolocados.

Supongo que me habéis oído mil veces eso de que lo único bueno del otoño es que empieza la temporada de setas. Aún no he desechado del todo la idea loca de irme por ahí a hacer la marcianada con la bici, pero la verdad es que últimamente mi vida social deja bastante poco sitio para cualquier intento de vida sana durante el fin de semana.

Y sin embargo este año he descubierto otra faceta del otoño que me encanta. Es lo que tiene estar en una ciudad donde los árboles son algo que abunda por doquier, árboles de hoja caduca que van reflejando el devenir de las estaciones día a día. Y así, la ciudad, casi sin querer, se ha ido cubriendo de un maravilloso manto de hojas secas que nadie se molesta en quitar, una especie de alfombra que chisporrotea cuando caminas sobre ella, y que danza con el viento.

                                                                                                                              Nature wins
Dondequiera que miras la ciudad es marrón, los canales son marrones, los parques se cubren de una deliciosa tonalidad marrón. Y de noche  puedes escuchar el susurro de las hojas mientras observas a lo lejos el tintineo de las luces de las bicis que se pierden por Vondelpark, como si se tratase de la Santa Compaña.

En un alarde de anticipación la ciudad se engalana poco a poco con las luces navideñas, y los bares se llenan de velas, lo que sumado a su natural color marrón, los dota de un aspecto cálido y acogedor. Llega el frío, y eso implica pasar media vida encerrado entre cuatro paredes, y así parece que duele un poquito menos.

Me siento triste sin ningún motivo especial, como todos los años por estas fechas. Aunque quizá este año el motivo sea que en breve finalizo un ciclo aquí, que mi beca está a punto de terminar y otra vez la incertidumbre se cierne sobre mi futuro... y me siento tan dispersa y perdida!

Afuera la ciudad sigue latiendo en la oscuridad, ajena a todo, por encima de todo.

Abrígate. Winter in coming