Odio los gimnasios. He intentado ir a ellos millones de veces en mi vida, pero la realidad es que me aburren mortalmente. Nunca he conocido a nadie interesante en un gimnasio, y creo que es algo que nunca ocurrirá. Supongo que también estarán llenos de gente maravillosa, y es probable que la culpa de no haber conocido a ninguno de esos seres que considero tan "rara avis" sea un poco mía, porque la verdad es que esa connotación social de los gimnasios se me escapa.
A ver, seamos sinceros: estás tú en la elíptica sudando como una cerda y con unos coloretes que ya los quisiera Heidi para sí, y de verdad hay alguna posibilidad de que alguien quiera acercarse a entablar una conversación interesante? Ya no estoy hablando de ligar, que desde la otra punta de la sala se escucha tu respiración entrecortada! Ni de coña, vamos.
Yo llego al gimnasio, me meto mi tute semanal de aeróbicos y maquinitas varias, me relajo un ratito en la sauna y salgo corriendo como alma que lleva el diablo.
Que qué hago yo en un gimnasio entonces, os preguntaréis. Pues cuidar de mi patita mala, meterle caña a base de pesas y hacerla sufrir bastante, no lo vamos a negar. La pobre aun está lejos, a años luz, de su mejor momento, y se queja bastante y yo me frustro bastante también y a veces mi cabeza se me llena de pensamientos de resignación: igual ese p*** tornillo del tobillo no deja de doler nunca, igual nunca vuelve a ser la de antes, igual nunca puedes volver a escalar...
Bingo! La escalada, como no, es el único motivo que ha logrado arrastrarme a este templo de la salud por mi propia voluntad. Es uno de esos momentos en la vida que tienes que hacer algo que odias y tratar de que ese árbol no te impida ver el resto del bosque, así que cuando llego al gimnasio me sumerjo en una especie de ensoñación y mi mente empieza a viajar, lejos, muy lejos. Y me imagino en Groningen escalando la torre Excalibur, o haciendo un entrenamiento rutinario en el roco, o disfrutando (esta vez sí) de un atardecer en el Eume con sus cerves y la tapa de requesón de después.
Y mientras mi mente viaja, mi cuerpo sigue peleándose en la elíptica, rápido, más rápido.
Pero mi vida es mucho más divertida en mi imaginación
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| Torre Excalibur, Groningen. El rocódromo más alto del mundo (37 m.) |

