viernes, 26 de octubre de 2012

Fin (de la primera parte)

Hay algo en esta época del año que me pone tremendamente melancólica.

Lo reconozco: odio el invierno, el frío y la ausencia de luz. Eso de que a las 6 de la tarde ya sea de noche (y eso que aún no hemos cambiado la hora) baja mi energía vital a cotas negativas, me vuelve perezosa y taciturna, y solo se me vienen a la cabeza imágenes de pelis de vampiros rollo "30 días de oscuridad"

Que sí, que vale que me mole la noche mogollón para salir de fiesta, pero es que últimamente me da la sensación que vivo en una noche eterna. Por la mañana me levanto y está amaneciendo, cuando salgo del trabajo se está haciendo de noche, y los findes entre que duermo la resaca, como algo y vuelvo a ser persona, tres cuartos de los mismo. Mis biorritmos están totalmente descolocados.

Supongo que me habéis oído mil veces eso de que lo único bueno del otoño es que empieza la temporada de setas. Aún no he desechado del todo la idea loca de irme por ahí a hacer la marcianada con la bici, pero la verdad es que últimamente mi vida social deja bastante poco sitio para cualquier intento de vida sana durante el fin de semana.

Y sin embargo este año he descubierto otra faceta del otoño que me encanta. Es lo que tiene estar en una ciudad donde los árboles son algo que abunda por doquier, árboles de hoja caduca que van reflejando el devenir de las estaciones día a día. Y así, la ciudad, casi sin querer, se ha ido cubriendo de un maravilloso manto de hojas secas que nadie se molesta en quitar, una especie de alfombra que chisporrotea cuando caminas sobre ella, y que danza con el viento.

                                                                                                                              Nature wins
Dondequiera que miras la ciudad es marrón, los canales son marrones, los parques se cubren de una deliciosa tonalidad marrón. Y de noche  puedes escuchar el susurro de las hojas mientras observas a lo lejos el tintineo de las luces de las bicis que se pierden por Vondelpark, como si se tratase de la Santa Compaña.

En un alarde de anticipación la ciudad se engalana poco a poco con las luces navideñas, y los bares se llenan de velas, lo que sumado a su natural color marrón, los dota de un aspecto cálido y acogedor. Llega el frío, y eso implica pasar media vida encerrado entre cuatro paredes, y así parece que duele un poquito menos.

Me siento triste sin ningún motivo especial, como todos los años por estas fechas. Aunque quizá este año el motivo sea que en breve finalizo un ciclo aquí, que mi beca está a punto de terminar y otra vez la incertidumbre se cierne sobre mi futuro... y me siento tan dispersa y perdida!

Afuera la ciudad sigue latiendo en la oscuridad, ajena a todo, por encima de todo.

Abrígate. Winter in coming