Hace muchos años que descubrí que era urbanita hasta la médula.
Recuerdo aquel verano en Pirineos en el medio de la nada, a una hora en coche del pueblo más cercano; veinte días en un valle paradisíaco, durmiendo en tiendas de campaña, sin luz ni agua caliente, haciendo excursiones de dos días sin ducharnos, durmiendo al raso bajo un manto infinito de estrellas; y levantarse viendo montañas nevadas hasta donde la vista ya no alcanzaba más. Fue un verano maravilloso, será que siempre me ha encantado eso de irme un par de semanas a asilvestrarme al sitio más remoto al alcance de mis posibilidades, y que me tomaba muy en serio eso de que fuese lo más espartano posible.
Recuerdo que era el año que se había estrenado Airbag en el cine, y por alguna extraña coincidencia se gestó un enorme hermanamiento vasco-galaico. También recuerdo cuando después de pasar casi 10 días en aquel lugar paradisíaco, los monitores bajaron a aquel grupo de veinteañeros al pueblo más cercano; en cuatro horas acabamos la cerveza del pueblo, toda. Aquello hacía veinte años que no pasaba, según los periódicos locales. Para conmemorar tamaña hazaña nos hicimos una camiseta con un dibujo bastante punkarra que rezaba "arkeólicos" en la parte baja (sí, era un campo de trabajo de arqueología, o algo así).
De ahí nos fuimos a Bilbao con los vascos, y me enamoré por segunda vez de Euskadi y sus habitantes, y nos fuimos de fiesta a Elantxobe, ese pueblo donde la plaza es tan pequeña que es ella la que gira para que los buses puedan dar la vuelta; pero eso es otra historia. Lo verdaderamente importante es que aquel día que bajamos al pueblo, después de 10 días en un paraíso perdido más allá de los confines de lo habitado, descubrí que me encantaba tener un bar a la vuelta de la esquina, y ver coches, casas y civilización; y cuando llegué al gran Bilbao no podía ser más feliz en medio de aquel caos de ruido y polución.
Ahí asumí para siempre mi condición de urbanita, y tuve la absoluta certeza de que nunca jamás sería feliz viviendo en el campo. Me encantan las ciudades,vivir en su meollo, con todas las incomodidades de ruido, polución, tráfico y demás; y sí, con bares, tiendas, supermercados, y un hervidero de actividades diversas; cuantas más, mejor.
Y ha sido en este año iniciático en tantos sentidos donde he sido consciente de que tampoco puedo vivir mucho tiempo alejada de mi parcela de naturaleza. Quizá antes no me había dado cuenta porque tenía mis escapadas montunas con los trepas, las visitas a playas remotas, el coger el coche y conducir hasta algún lugar perdido, o las salidas al bosque para coger setas...Este año ha sido diferente, y vale que viva en una de las (posiblemente) ciudades europeas más habitables, con un parque maravilloso a 5 minutos escasos de mi casa donde todavía te puedes sumergir y olvidarte de que estás en una ciudad; pero en tu fuero intermo sabes que sigue ahí, escondida detrás de esa masa de árboles.
Y nunca he sentido con tanta intensidad como una ciudad me fagocita; ni una necesidad tan irremediable de escapar de ella por unas horas, aunque solo sea para volver a enamorarme de ella y redescubrir por qué me gusta tanto.
Soy impulsiva, y a veces (muchas) pienso más con el corazón que con la cabeza; tengo un máster en hacer tonterías, sobre todo en estapas de estrés y confusión mental donde me encuentro perdida porque nada parece encajar en su sitio, y en realidad gran parte de la culpa es mía por no saber lo que quiero en realidad. Y a veces se me va la olla y me cubro de gloria yo solita a costa de complicar lo que ya es complejo de por sí. Entonces, por unas horas, me encierro en mi cubil a reflexionar, y nuevamente me refugio en mi psicóloga particular: la escalada; porque en la pared no hay sitio nada más que para mí y para ella y todo lo demás pasa a un segundo plano.
Y esa constante en mi vida sigue siendo mágicamente terapeútica, como lo fue en la época más aciaga de mi vida, cuando en realidad era lo único por lo que valía la pena levantarse de la cama, aunque esa también es otra historia.
Pero el caso es que, ahora que solo puedo aspirar a escalar en sitios
cerrados, parece no ser suficiente; y la necesidad de aire puro, de
perder la vista en el horizonte sin ver atisbo de civilización, se hace
más fuerte que nunca; y me hace ser aún más consciente de lo que me
gusta el monte, de lo mucho que echo de menos la montaña.
Quizá la
escalada solo sea para mí esa especie de vehículo que me hace entrar en
comunión con lo que me rodea y me ayuda a recobrar mi equilibrio interior; quizá lo verdaderamente importante sea el dónde, no el cómo. O quizá es solo que me estoy haciendo mayor y difícil de contentar.


