Por unas razones u otras que ahora no vienen a cuento, llevo una temporada, que se me antoja demasiado larga ya, sumida en lo que yo he definido como "anacoretismo sexual". No es que me haya metido a monja ni nada de eso, supongo que estaba a otras cosas y salir de caza no era una prioridad, pero ahora que se acerca el invierno y el frío, hay que empezar a crear una "chorboagenda" que ayude a sobrellevar lo que por momentos se me antoja la noche infinita.
Que sí, que ya sé que en primavera vamos todos más ligeritos de ropa y parece que se te alegra la vista y se te revolucionan las hormonas, pero en la fría Europa del Norte creo que el invierno es la época de apareamiento por antonomasia; no hay nada como los remedios caseros para mitigar el frío y la tristeza del mal tiempo y la ausencia de luz.
Hay que ponerse manos a la obra pues; pero una es de pensamiento científico, así que no va a lanzarse así a lo loco a la aventura, que los años quieras que no te van enseñando algo y te vuelves un poco más práctica, y también, admitámoslo, más perezosa. Así que en un alarde de raciocinio, una se pone a pensar en sus experiencias previas con eso de llevar la iniciativa a la hora de conquistar, analiza los resultados según la fórmula del ensayo/error, y saca sus propias conclusiones.
Caso 1:
Roquetas de Mar, Almería, verano de...uf, me dá pereza hacer el cálculo, pero tenía yo 17 años. Fue un verano de hacer muchas cosas por primera vez, como la primera vez que me emborraché, la primera vez que me bañé en la playa desnuda (hasta que vino la guardia civil a sacarnos del agua a todos porque estaba prohibido bañarse de noche), y curiosamente mi primera vez bañándome en una piscina vestida. Él tenía 15, y como yo era mayor el pobrecillo no se atrevía a hacer nada, así que fui yo la que se lanzó al ataque en aquella noche en la que todo lo de arriba pasó. Recuerdo que estábamos los dos solos en el ascensor porque los demás habían desaparecido "misteriosamente". Yo me acerqué a besarlo, era esa noche o nunca, porque él se iba al día siguiente. Fue bonito y raro, y aunque yo sabía que a ese chico le gustaba, sentí ese hormigueo de ser tú el que se expone al rechazo, una especie de angustia ante la incertidumbre. El pobre chico, que había bebido tanto o más que yo, al final acabó vomitando, afortunadamente después de que nos hubiésemos besado, y no delante de mí, pero el caso es que como se encontraba mal desapareció, y al día siguiente estaba tan avergonzado de no se atrevió a despedirse de mí.
Caso 2:
Muuuuuuchos años después. En realidad fue hace casi nada. Estaba yo trabajando en aquel agujero llamado Eurocén en lo que he venido a definir como el verano más aciago de mi vida, y mi única alegría para ir cada tarde a meterme en aquella ratonera era él...era tan guapo! Creo que en los 3 meses que estuve allí trabajando, nunca llegué a cruzar más de 20 palabras con él. Era mi último día de contrato, el día que tenían que decirnos si seguíamos o no en aquel trabajo que aborrecía pero que moralmente no podía dejar porque no tenía otra cosa (y además así tampoco cobraba el paro). Una chica de recursos humanos entró en la oficina a las 4 en punto, cuando acabábamos de ponernos el pinganillo; y fue preguntando por algunos de nosotros. Es una de esas charlas que, aunque nunca hayas tenido una antes, ya sabes como va a acabar; y nos dieron la "buena" mala nueva. Yo no sé por qué, pero en el fondo y aún a costa de quedarme sin curro, sentí una liberación enorme, y de pronto la adrenalina corría por mis venas como si estuviese escalando el Naranjo de Bulnes; os juro que me puse como una moto de contenta. Me entraron unas ganas enormes de hacer una estupidez, algo absurdo, así que antes de irme decidí escribir una nota con mi teléfono diciéndole que me apetecía quedar con él y todo eso. Qué podía perder? Total, jamás lo había visto antes de aquel trabajo, y jamás volvería a verlo. Me acerqué a él, y en pleno subidón le dije que era mi último día y que acababan de despedirme, le dejé el papel doblado encima de su mesa y salí corriendo.
Al día siguiente me fui al Sonar con mis amigos, estábamos en el Palexco bebiendo tan ricamente cuando de pronto mi cara palidece: era él, justo delante de mí, joder, no me lo encuentro en 3 meses jamás de la vida y voy y me lo encuentro después de aquello!.
Él está de fiesta con un grupo de chicos, de risas y demás, lo veo rollo cómplices especialmente con uno de ellos, y pienso "debe de ser su mejor amigo", hasta que pasado un rato los veo dándose el filetazo y me digo para mis adentros: "muy bien, María, BRA-VO, has intentado ligar con un gay" Mira que podía ser viúdo, estar casado, incluso ser cura, y aún tendría un atisbo de esperanza remota de que algo pudiese suceder, pero este descubrimiento dejaba mis esperanzas en cotas negativas, y encima empezaba a sentirme la mar de abochornada. Vaya risas debía de haberse echado el chaval con mi nota!.
Lo peor es que esa no fue la última vez que me lo encontré aquel verano. La siguiente semana otra vez en Vigo, y en San Juan en la playa...en realidad me pasé todo el verano escondiéndome de él.
Caso 3:
Hace dos semanas. Era mi último día de trabajo (guiño a la historia 2), y estaba en el ascensor (guiño a la historia 1). Entra el chico este de house keeping con el que llevo echándome parrafadas enormes el último mes; es majo, y guapo, muy guapo. Calibro las posibilidades de volverlo a encontrar fuera del trabajo en Amsterdam y son infinitamente menores que en Coruña, así que mientras sopeso si quiero dejarle caer que me apetece quedar con él un día, hago un par de preguntas tontorronas.
-De dónde eres, Bill,por cierto?
-De Australia
-Y por qué has acabado aquí, en un sitio con un clima tan horrible como Holanda?
-Mi novia es Holandesa
-Ah
Fin del caso 3
El panorama como veis no es muy alentador, pero seguiremos jugando (hay millones de premios)