Y entonces llega un día del que casi nunca eres consciente, porque las últimas veces suelen llegar a traición. Y te das cuenta de que eso tan cotidiano que casi se había convertido en un acto rutinario no va a volver a pasar, y quizá en ese momento te pares a intentar recordar esa última vez, diluída y mezclada con otras muchas veces en tu recuerdo. Y quizá no seas capaz de obtener más que recuerdos vagos de esa última vez que dormiste con alguien, del último día que te bañaste en la playa este verano, del último día que quedaste con un viejo amigo al que cada vez ves menos; o la última tarde escalando, esa en la que te marchaste antes porque estabas cansada e iba a haber muchas más.
Y no sé por qué, pero esto siempre ha sido algo que me ha obsesionado, como si las historias mereciesen una manera más digna de morir que difuminándose entre los restos del pasado; y como mi idiosincrasia vital tiene bastante que ver con eso de atesorar cada momento como el más preciado del mundo, intento que eso no me suceda. Pero de vez en cuando algo se te escapa y te pilla de sopetón, y te gustaría que por lo menos hubiera tenido la decencia de avisarte que iba a ser tu última vez.
Ya lo decía la canción: la vida es una sinfonía agridulce
No hay comentarios:
Publicar un comentario