El enamoramiento
Llegas a un sitio nuevo y te rodea lo desconocido, todo es nuevo y excitante. Te fascina ir descubriendo poco a poco los secretos de tu nueva ciudad; cada día es un hallazgo y una sorpresa; y aunque el sitio no sea perfecto en absoluto, la verdad es que no eres capaz de encontrarle demasiados defectos. Estás totalmente enamorado de ese lugar, claro que echas de menos a tus amigos y familia, pero es un pequeño tributo a pagar por vivir en un sitio tan maravilloso.
Los pies en la tierra
Pasan unos meses, un período de tiempo prudencial, y empiezas a ver todo de una manera más racional. La ciudad sigue siendo maravillosa, pero no es perfecta, y eres capaz de encontrarle inconvenientes. Las comparaciones con tu lugar de residencia anterior son inevitables, y tu nuevo destino no siempre sale bien parado. Echas de menos a tus amigos, a tu familia, y esas pequeñas cosas que no sabías que eran tan importantes de tu anterior hogar...hasta que ya no las tienes.
¿Qué coño hago yo aquí?
Los defectos son cada vez más visibles. Posiblemente lleves ya cerca de un año viviendo fuera, y hay momentos en los que te levantas y no puedes dejar de preguntarte por qué estás tan lejos de tu familia y amigos, de esas pequeñas cosas que amabas de tu vida cotidiana. Piensas cada vez más en hacer la maleta y volverte a casa, no es que el sitio sea una mierda así de pronto, pero parece que cada vez encajas menos allí.
Es odio (y amor) en estado puro, y cuando te quejas de algo lo haces con amargura. Odias mucho a todos los que te han puesto en esta situación, llámese crisis, el gobierno, o incluso tú mismo. Echas de menos a tus seres queridos de una manera que duele, y escaparte unos días a ver a tu gente es el mejor regalo del mundo. Si decides hacer la maleta y pirarte justo en ese momento, es probable que no quieras volver a pisar ese lugar en años
La aceptación de la realidad
Tu nueva ciudad tiene defectos, sí, pero también ventajas.Hay cosas que no funcionan bien aunque al principio te diese la impresión contraria; pero la ciudad sigue teniendo la capacidad de sorprenderte, y si te paras a pensarlo friamente, lo bueno sigue compensando a lo malo. Es un sitio que amas, imperfecto, como tú, y quizá eso también le de un toque de realidad. Si todo fuera perfecto, todo el mundo se vendría a vivir aquí, ¿no crees?. Tu corazón está dividido entre lo que has construído aquí y lo que has dejado atrás, y te das cuenta de que hagas lo que hagas, un pequeño trozo de ti pertenece a cada uno de esos sitios.
Las fases 3 y 4 fluctuarán de manera irremediable en función de tu estado de ánimo, la estación del año (o quién sabe qué otro motivo) por el resto de tu estancia.
Cosas que echo de menos o me exasperan
Dejando de lado cosas tan obvias como la comida y los seres queridos, os diré que lo que más echo de menos sin duda son las montañas. Este paisaje es aburrido hasta la saciedad; y para una amante de la escalada como yo, se hace muy duro no tener ni una triste piedra a la que encaramarse.
También echo de menos los acantilados, las playas de agua cristalina, y el bravo sonido del Atlántico batiendo contra la costa en un día de temporal.
Echo de menos la espontaneidad de la gente. Aquí si quieres organizar una fiesta tienes que avisar con semanas de antelación; de otro modo es posible que ya tengan otros planes. Esas liadas absurdas un día que no había ningún plan en concreto, se convierten en momentos maravillosos, ya que lo normal es tener tu agenda totalmente ajustada, y a veces quedar con alguien se convierte en un suplicio de incompatibilidades varias...a veces me siento como si todos fuésemos ministros, en serio.
Después de vivir aquí más de año y medio debo deciros que a los españoles nos pierde las humildad, la mal entendida...o quizá esto sea un mal gallego. Algo que me exaspera de los holandeses en general es están demasiado encantados de haberse conocido, son los mejores en su campo y los saben hacer todo, aunque luego te pongas a trabajar y te des cuenta de que hay mil cosas de las que no tienen ni idea...pero si los oyes hablar tu ego empezará a encoger porque no te ves a la altura de tanta eficiencia y fuente de conocimiento.
Odio que el servicio en hostelería sea tan sumamente pésimo que muchas veces parezca que el camarero te está haciendo un favor por atenderte, y encima que muchas veces tengas que pagar por usar el baño de un sitio donde has consumido.
Me pone de muy mala leche eso de la "membresía" en las salas de conciertos. Pago mi entrada, me cobráis una comisión por pagar, use el sistema de pago que use; y encima tengo que pagar la membresía mensual de la sala para poder entrar al concierto. Es de coña (o no).
Y como fiestera que soy, echo de menos que a las 5 de la mañana no haya un solo sitio a donde puedas ir para continuar de fiesta. No entiendo cómo puedes comprar legalmente un gran abanico de sustancias psicotrópicas; darte un paseo por el barrio rojo, donde la prostitución es algo totalmente normalizado y a la vista de todos, y luego no eres capaz de encontrar un maldito bar abierto.
Amsterdam es un sitio muy turístico (demasiado), y eso a veces convierte el centro de la ciudad en una pesadilla para los "locales".
Cosas que adoro
Ir a todas partes en bici, llueva, truene o caiga una nevada. Especialmente cuando sales de fiesta con tu grupo de amigos y acabas haciendo una caravana de bicicletas. Me siento un poco como en los Goonies, o en E.T. (y me encanta).
La sensación de seguridad. Es un lujo vivir en una capital europea y poder volver a casa por la noche atravesando un parque sin jugarte la vida.
La multiculturalidad de mi grupo de amigos, lo mucho que aprendes de cada uno de ellos a pesar de lo diferente que ha sido nuestra educación y nuestras vidas... o más bien gracias a eso.
Poder vestirte como te da la gana sin que nadie te mire raro (aunque vayas disfrazado y no sea ni Halloween ni Carnaval)
La oferta cultural. El problema no es que no haya nada que hacer; al revés, hay demasiadas cosas ocurriendo a la vez, es una elección constante, y muchas renuncias por falta de tiempo (y dinero, claro) La cultura se promueve desde las instituciones públicas, es un bien accesible, y esta ciudad es un hervidero de cosas interesantes.
Lo bien situado que está el país para viajar. En hora y pico estás en Bélgica o Alemania; en menos de tres horas en Francia o Luxemburgo.
Los lugares underground, espacios reutilizados y autoconstruídos; esos pequeños tesoros escondidos en una antigua fábrica, o en el medio de un polígono industrial que acaban dejándote con la boca abierta.
Ya sé que antes me quejé de la falta de espontaneidad y la excesiva organización. Sin embargo, llega el buen tiempo y la gente sale a la calle a celebrarlo como si fuese el último día en la tierra; se organizan barbacoas en toda la ciudad y prácticamente te mudas a vivir al parque. He hecho más barbacoas este año que en toda mi vida junta.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
sábado, 12 de octubre de 2013
Basado en hechos reales
Por unas razones u otras que ahora no vienen a cuento, llevo una temporada, que se me antoja demasiado larga ya, sumida en lo que yo he definido como "anacoretismo sexual". No es que me haya metido a monja ni nada de eso, supongo que estaba a otras cosas y salir de caza no era una prioridad, pero ahora que se acerca el invierno y el frío, hay que empezar a crear una "chorboagenda" que ayude a sobrellevar lo que por momentos se me antoja la noche infinita.
Que sí, que ya sé que en primavera vamos todos más ligeritos de ropa y parece que se te alegra la vista y se te revolucionan las hormonas, pero en la fría Europa del Norte creo que el invierno es la época de apareamiento por antonomasia; no hay nada como los remedios caseros para mitigar el frío y la tristeza del mal tiempo y la ausencia de luz.
Hay que ponerse manos a la obra pues; pero una es de pensamiento científico, así que no va a lanzarse así a lo loco a la aventura, que los años quieras que no te van enseñando algo y te vuelves un poco más práctica, y también, admitámoslo, más perezosa. Así que en un alarde de raciocinio, una se pone a pensar en sus experiencias previas con eso de llevar la iniciativa a la hora de conquistar, analiza los resultados según la fórmula del ensayo/error, y saca sus propias conclusiones.
Caso 1:
Roquetas de Mar, Almería, verano de...uf, me dá pereza hacer el cálculo, pero tenía yo 17 años. Fue un verano de hacer muchas cosas por primera vez, como la primera vez que me emborraché, la primera vez que me bañé en la playa desnuda (hasta que vino la guardia civil a sacarnos del agua a todos porque estaba prohibido bañarse de noche), y curiosamente mi primera vez bañándome en una piscina vestida. Él tenía 15, y como yo era mayor el pobrecillo no se atrevía a hacer nada, así que fui yo la que se lanzó al ataque en aquella noche en la que todo lo de arriba pasó. Recuerdo que estábamos los dos solos en el ascensor porque los demás habían desaparecido "misteriosamente". Yo me acerqué a besarlo, era esa noche o nunca, porque él se iba al día siguiente. Fue bonito y raro, y aunque yo sabía que a ese chico le gustaba, sentí ese hormigueo de ser tú el que se expone al rechazo, una especie de angustia ante la incertidumbre. El pobre chico, que había bebido tanto o más que yo, al final acabó vomitando, afortunadamente después de que nos hubiésemos besado, y no delante de mí, pero el caso es que como se encontraba mal desapareció, y al día siguiente estaba tan avergonzado de no se atrevió a despedirse de mí.
Caso 2:
Muuuuuuchos años después. En realidad fue hace casi nada. Estaba yo trabajando en aquel agujero llamado Eurocén en lo que he venido a definir como el verano más aciago de mi vida, y mi única alegría para ir cada tarde a meterme en aquella ratonera era él...era tan guapo! Creo que en los 3 meses que estuve allí trabajando, nunca llegué a cruzar más de 20 palabras con él. Era mi último día de contrato, el día que tenían que decirnos si seguíamos o no en aquel trabajo que aborrecía pero que moralmente no podía dejar porque no tenía otra cosa (y además así tampoco cobraba el paro). Una chica de recursos humanos entró en la oficina a las 4 en punto, cuando acabábamos de ponernos el pinganillo; y fue preguntando por algunos de nosotros. Es una de esas charlas que, aunque nunca hayas tenido una antes, ya sabes como va a acabar; y nos dieron la "buena" mala nueva. Yo no sé por qué, pero en el fondo y aún a costa de quedarme sin curro, sentí una liberación enorme, y de pronto la adrenalina corría por mis venas como si estuviese escalando el Naranjo de Bulnes; os juro que me puse como una moto de contenta. Me entraron unas ganas enormes de hacer una estupidez, algo absurdo, así que antes de irme decidí escribir una nota con mi teléfono diciéndole que me apetecía quedar con él y todo eso. Qué podía perder? Total, jamás lo había visto antes de aquel trabajo, y jamás volvería a verlo. Me acerqué a él, y en pleno subidón le dije que era mi último día y que acababan de despedirme, le dejé el papel doblado encima de su mesa y salí corriendo.
Al día siguiente me fui al Sonar con mis amigos, estábamos en el Palexco bebiendo tan ricamente cuando de pronto mi cara palidece: era él, justo delante de mí, joder, no me lo encuentro en 3 meses jamás de la vida y voy y me lo encuentro después de aquello!.
Él está de fiesta con un grupo de chicos, de risas y demás, lo veo rollo cómplices especialmente con uno de ellos, y pienso "debe de ser su mejor amigo", hasta que pasado un rato los veo dándose el filetazo y me digo para mis adentros: "muy bien, María, BRA-VO, has intentado ligar con un gay" Mira que podía ser viúdo, estar casado, incluso ser cura, y aún tendría un atisbo de esperanza remota de que algo pudiese suceder, pero este descubrimiento dejaba mis esperanzas en cotas negativas, y encima empezaba a sentirme la mar de abochornada. Vaya risas debía de haberse echado el chaval con mi nota!.
Lo peor es que esa no fue la última vez que me lo encontré aquel verano. La siguiente semana otra vez en Vigo, y en San Juan en la playa...en realidad me pasé todo el verano escondiéndome de él.
Caso 3:
Hace dos semanas. Era mi último día de trabajo (guiño a la historia 2), y estaba en el ascensor (guiño a la historia 1). Entra el chico este de house keeping con el que llevo echándome parrafadas enormes el último mes; es majo, y guapo, muy guapo. Calibro las posibilidades de volverlo a encontrar fuera del trabajo en Amsterdam y son infinitamente menores que en Coruña, así que mientras sopeso si quiero dejarle caer que me apetece quedar con él un día, hago un par de preguntas tontorronas.
-De dónde eres, Bill,por cierto?
-De Australia
-Y por qué has acabado aquí, en un sitio con un clima tan horrible como Holanda?
-Mi novia es Holandesa
-Ah
Fin del caso 3
El panorama como veis no es muy alentador, pero seguiremos jugando (hay millones de premios)
Que sí, que ya sé que en primavera vamos todos más ligeritos de ropa y parece que se te alegra la vista y se te revolucionan las hormonas, pero en la fría Europa del Norte creo que el invierno es la época de apareamiento por antonomasia; no hay nada como los remedios caseros para mitigar el frío y la tristeza del mal tiempo y la ausencia de luz.
Hay que ponerse manos a la obra pues; pero una es de pensamiento científico, así que no va a lanzarse así a lo loco a la aventura, que los años quieras que no te van enseñando algo y te vuelves un poco más práctica, y también, admitámoslo, más perezosa. Así que en un alarde de raciocinio, una se pone a pensar en sus experiencias previas con eso de llevar la iniciativa a la hora de conquistar, analiza los resultados según la fórmula del ensayo/error, y saca sus propias conclusiones.
Caso 1:
Roquetas de Mar, Almería, verano de...uf, me dá pereza hacer el cálculo, pero tenía yo 17 años. Fue un verano de hacer muchas cosas por primera vez, como la primera vez que me emborraché, la primera vez que me bañé en la playa desnuda (hasta que vino la guardia civil a sacarnos del agua a todos porque estaba prohibido bañarse de noche), y curiosamente mi primera vez bañándome en una piscina vestida. Él tenía 15, y como yo era mayor el pobrecillo no se atrevía a hacer nada, así que fui yo la que se lanzó al ataque en aquella noche en la que todo lo de arriba pasó. Recuerdo que estábamos los dos solos en el ascensor porque los demás habían desaparecido "misteriosamente". Yo me acerqué a besarlo, era esa noche o nunca, porque él se iba al día siguiente. Fue bonito y raro, y aunque yo sabía que a ese chico le gustaba, sentí ese hormigueo de ser tú el que se expone al rechazo, una especie de angustia ante la incertidumbre. El pobre chico, que había bebido tanto o más que yo, al final acabó vomitando, afortunadamente después de que nos hubiésemos besado, y no delante de mí, pero el caso es que como se encontraba mal desapareció, y al día siguiente estaba tan avergonzado de no se atrevió a despedirse de mí.
Caso 2:
Muuuuuuchos años después. En realidad fue hace casi nada. Estaba yo trabajando en aquel agujero llamado Eurocén en lo que he venido a definir como el verano más aciago de mi vida, y mi única alegría para ir cada tarde a meterme en aquella ratonera era él...era tan guapo! Creo que en los 3 meses que estuve allí trabajando, nunca llegué a cruzar más de 20 palabras con él. Era mi último día de contrato, el día que tenían que decirnos si seguíamos o no en aquel trabajo que aborrecía pero que moralmente no podía dejar porque no tenía otra cosa (y además así tampoco cobraba el paro). Una chica de recursos humanos entró en la oficina a las 4 en punto, cuando acabábamos de ponernos el pinganillo; y fue preguntando por algunos de nosotros. Es una de esas charlas que, aunque nunca hayas tenido una antes, ya sabes como va a acabar; y nos dieron la "buena" mala nueva. Yo no sé por qué, pero en el fondo y aún a costa de quedarme sin curro, sentí una liberación enorme, y de pronto la adrenalina corría por mis venas como si estuviese escalando el Naranjo de Bulnes; os juro que me puse como una moto de contenta. Me entraron unas ganas enormes de hacer una estupidez, algo absurdo, así que antes de irme decidí escribir una nota con mi teléfono diciéndole que me apetecía quedar con él y todo eso. Qué podía perder? Total, jamás lo había visto antes de aquel trabajo, y jamás volvería a verlo. Me acerqué a él, y en pleno subidón le dije que era mi último día y que acababan de despedirme, le dejé el papel doblado encima de su mesa y salí corriendo.
Al día siguiente me fui al Sonar con mis amigos, estábamos en el Palexco bebiendo tan ricamente cuando de pronto mi cara palidece: era él, justo delante de mí, joder, no me lo encuentro en 3 meses jamás de la vida y voy y me lo encuentro después de aquello!.
Él está de fiesta con un grupo de chicos, de risas y demás, lo veo rollo cómplices especialmente con uno de ellos, y pienso "debe de ser su mejor amigo", hasta que pasado un rato los veo dándose el filetazo y me digo para mis adentros: "muy bien, María, BRA-VO, has intentado ligar con un gay" Mira que podía ser viúdo, estar casado, incluso ser cura, y aún tendría un atisbo de esperanza remota de que algo pudiese suceder, pero este descubrimiento dejaba mis esperanzas en cotas negativas, y encima empezaba a sentirme la mar de abochornada. Vaya risas debía de haberse echado el chaval con mi nota!.
Lo peor es que esa no fue la última vez que me lo encontré aquel verano. La siguiente semana otra vez en Vigo, y en San Juan en la playa...en realidad me pasé todo el verano escondiéndome de él.
Caso 3:
Hace dos semanas. Era mi último día de trabajo (guiño a la historia 2), y estaba en el ascensor (guiño a la historia 1). Entra el chico este de house keeping con el que llevo echándome parrafadas enormes el último mes; es majo, y guapo, muy guapo. Calibro las posibilidades de volverlo a encontrar fuera del trabajo en Amsterdam y son infinitamente menores que en Coruña, así que mientras sopeso si quiero dejarle caer que me apetece quedar con él un día, hago un par de preguntas tontorronas.
-De dónde eres, Bill,por cierto?
-De Australia
-Y por qué has acabado aquí, en un sitio con un clima tan horrible como Holanda?
-Mi novia es Holandesa
-Ah
Fin del caso 3
El panorama como veis no es muy alentador, pero seguiremos jugando (hay millones de premios)
lunes, 4 de marzo de 2013
Into the wild
Hace muchos años que descubrí que era urbanita hasta la médula.
Recuerdo aquel verano en Pirineos en el medio de la nada, a una hora en coche del pueblo más cercano; veinte días en un valle paradisíaco, durmiendo en tiendas de campaña, sin luz ni agua caliente, haciendo excursiones de dos días sin ducharnos, durmiendo al raso bajo un manto infinito de estrellas; y levantarse viendo montañas nevadas hasta donde la vista ya no alcanzaba más. Fue un verano maravilloso, será que siempre me ha encantado eso de irme un par de semanas a asilvestrarme al sitio más remoto al alcance de mis posibilidades, y que me tomaba muy en serio eso de que fuese lo más espartano posible.
Recuerdo que era el año que se había estrenado Airbag en el cine, y por alguna extraña coincidencia se gestó un enorme hermanamiento vasco-galaico. También recuerdo cuando después de pasar casi 10 días en aquel lugar paradisíaco, los monitores bajaron a aquel grupo de veinteañeros al pueblo más cercano; en cuatro horas acabamos la cerveza del pueblo, toda. Aquello hacía veinte años que no pasaba, según los periódicos locales. Para conmemorar tamaña hazaña nos hicimos una camiseta con un dibujo bastante punkarra que rezaba "arkeólicos" en la parte baja (sí, era un campo de trabajo de arqueología, o algo así).
De ahí nos fuimos a Bilbao con los vascos, y me enamoré por segunda vez de Euskadi y sus habitantes, y nos fuimos de fiesta a Elantxobe, ese pueblo donde la plaza es tan pequeña que es ella la que gira para que los buses puedan dar la vuelta; pero eso es otra historia. Lo verdaderamente importante es que aquel día que bajamos al pueblo, después de 10 días en un paraíso perdido más allá de los confines de lo habitado, descubrí que me encantaba tener un bar a la vuelta de la esquina, y ver coches, casas y civilización; y cuando llegué al gran Bilbao no podía ser más feliz en medio de aquel caos de ruido y polución.
Ahí asumí para siempre mi condición de urbanita, y tuve la absoluta certeza de que nunca jamás sería feliz viviendo en el campo. Me encantan las ciudades,vivir en su meollo, con todas las incomodidades de ruido, polución, tráfico y demás; y sí, con bares, tiendas, supermercados, y un hervidero de actividades diversas; cuantas más, mejor.
Y ha sido en este año iniciático en tantos sentidos donde he sido consciente de que tampoco puedo vivir mucho tiempo alejada de mi parcela de naturaleza. Quizá antes no me había dado cuenta porque tenía mis escapadas montunas con los trepas, las visitas a playas remotas, el coger el coche y conducir hasta algún lugar perdido, o las salidas al bosque para coger setas...Este año ha sido diferente, y vale que viva en una de las (posiblemente) ciudades europeas más habitables, con un parque maravilloso a 5 minutos escasos de mi casa donde todavía te puedes sumergir y olvidarte de que estás en una ciudad; pero en tu fuero intermo sabes que sigue ahí, escondida detrás de esa masa de árboles.
Y nunca he sentido con tanta intensidad como una ciudad me fagocita; ni una necesidad tan irremediable de escapar de ella por unas horas, aunque solo sea para volver a enamorarme de ella y redescubrir por qué me gusta tanto.
Soy impulsiva, y a veces (muchas) pienso más con el corazón que con la cabeza; tengo un máster en hacer tonterías, sobre todo en estapas de estrés y confusión mental donde me encuentro perdida porque nada parece encajar en su sitio, y en realidad gran parte de la culpa es mía por no saber lo que quiero en realidad. Y a veces se me va la olla y me cubro de gloria yo solita a costa de complicar lo que ya es complejo de por sí. Entonces, por unas horas, me encierro en mi cubil a reflexionar, y nuevamente me refugio en mi psicóloga particular: la escalada; porque en la pared no hay sitio nada más que para mí y para ella y todo lo demás pasa a un segundo plano.
Y esa constante en mi vida sigue siendo mágicamente terapeútica, como lo fue en la época más aciaga de mi vida, cuando en realidad era lo único por lo que valía la pena levantarse de la cama, aunque esa también es otra historia.
Pero el caso es que, ahora que solo puedo aspirar a escalar en sitios cerrados, parece no ser suficiente; y la necesidad de aire puro, de perder la vista en el horizonte sin ver atisbo de civilización, se hace más fuerte que nunca; y me hace ser aún más consciente de lo que me gusta el monte, de lo mucho que echo de menos la montaña.
Quizá la escalada solo sea para mí esa especie de vehículo que me hace entrar en comunión con lo que me rodea y me ayuda a recobrar mi equilibrio interior; quizá lo verdaderamente importante sea el dónde, no el cómo. O quizá es solo que me estoy haciendo mayor y difícil de contentar.
Recuerdo aquel verano en Pirineos en el medio de la nada, a una hora en coche del pueblo más cercano; veinte días en un valle paradisíaco, durmiendo en tiendas de campaña, sin luz ni agua caliente, haciendo excursiones de dos días sin ducharnos, durmiendo al raso bajo un manto infinito de estrellas; y levantarse viendo montañas nevadas hasta donde la vista ya no alcanzaba más. Fue un verano maravilloso, será que siempre me ha encantado eso de irme un par de semanas a asilvestrarme al sitio más remoto al alcance de mis posibilidades, y que me tomaba muy en serio eso de que fuese lo más espartano posible.
Recuerdo que era el año que se había estrenado Airbag en el cine, y por alguna extraña coincidencia se gestó un enorme hermanamiento vasco-galaico. También recuerdo cuando después de pasar casi 10 días en aquel lugar paradisíaco, los monitores bajaron a aquel grupo de veinteañeros al pueblo más cercano; en cuatro horas acabamos la cerveza del pueblo, toda. Aquello hacía veinte años que no pasaba, según los periódicos locales. Para conmemorar tamaña hazaña nos hicimos una camiseta con un dibujo bastante punkarra que rezaba "arkeólicos" en la parte baja (sí, era un campo de trabajo de arqueología, o algo así).
De ahí nos fuimos a Bilbao con los vascos, y me enamoré por segunda vez de Euskadi y sus habitantes, y nos fuimos de fiesta a Elantxobe, ese pueblo donde la plaza es tan pequeña que es ella la que gira para que los buses puedan dar la vuelta; pero eso es otra historia. Lo verdaderamente importante es que aquel día que bajamos al pueblo, después de 10 días en un paraíso perdido más allá de los confines de lo habitado, descubrí que me encantaba tener un bar a la vuelta de la esquina, y ver coches, casas y civilización; y cuando llegué al gran Bilbao no podía ser más feliz en medio de aquel caos de ruido y polución.
Ahí asumí para siempre mi condición de urbanita, y tuve la absoluta certeza de que nunca jamás sería feliz viviendo en el campo. Me encantan las ciudades,vivir en su meollo, con todas las incomodidades de ruido, polución, tráfico y demás; y sí, con bares, tiendas, supermercados, y un hervidero de actividades diversas; cuantas más, mejor.
Y ha sido en este año iniciático en tantos sentidos donde he sido consciente de que tampoco puedo vivir mucho tiempo alejada de mi parcela de naturaleza. Quizá antes no me había dado cuenta porque tenía mis escapadas montunas con los trepas, las visitas a playas remotas, el coger el coche y conducir hasta algún lugar perdido, o las salidas al bosque para coger setas...Este año ha sido diferente, y vale que viva en una de las (posiblemente) ciudades europeas más habitables, con un parque maravilloso a 5 minutos escasos de mi casa donde todavía te puedes sumergir y olvidarte de que estás en una ciudad; pero en tu fuero intermo sabes que sigue ahí, escondida detrás de esa masa de árboles.
Y nunca he sentido con tanta intensidad como una ciudad me fagocita; ni una necesidad tan irremediable de escapar de ella por unas horas, aunque solo sea para volver a enamorarme de ella y redescubrir por qué me gusta tanto.
Soy impulsiva, y a veces (muchas) pienso más con el corazón que con la cabeza; tengo un máster en hacer tonterías, sobre todo en estapas de estrés y confusión mental donde me encuentro perdida porque nada parece encajar en su sitio, y en realidad gran parte de la culpa es mía por no saber lo que quiero en realidad. Y a veces se me va la olla y me cubro de gloria yo solita a costa de complicar lo que ya es complejo de por sí. Entonces, por unas horas, me encierro en mi cubil a reflexionar, y nuevamente me refugio en mi psicóloga particular: la escalada; porque en la pared no hay sitio nada más que para mí y para ella y todo lo demás pasa a un segundo plano.
Y esa constante en mi vida sigue siendo mágicamente terapeútica, como lo fue en la época más aciaga de mi vida, cuando en realidad era lo único por lo que valía la pena levantarse de la cama, aunque esa también es otra historia.
Pero el caso es que, ahora que solo puedo aspirar a escalar en sitios cerrados, parece no ser suficiente; y la necesidad de aire puro, de perder la vista en el horizonte sin ver atisbo de civilización, se hace más fuerte que nunca; y me hace ser aún más consciente de lo que me gusta el monte, de lo mucho que echo de menos la montaña.
Quizá la escalada solo sea para mí esa especie de vehículo que me hace entrar en comunión con lo que me rodea y me ayuda a recobrar mi equilibrio interior; quizá lo verdaderamente importante sea el dónde, no el cómo. O quizá es solo que me estoy haciendo mayor y difícil de contentar.
martes, 15 de enero de 2013
La segunda adolescencia
Últimamente no puedo sacarme esta idea de la cabeza: los treinta y pico son la segunda adolescencia.
Imagino que os preguntaréis en qué fundo semejante afirmación. Bueno, para empezar yo me encuentro dentro de tan selecto grupo, y gran parte de mis amigos también; así que además de mi propia experiencia, cuento con bastante campo para mi estudio sociológico. Y os aseguro que no he visto a tanta gente hacer cosas estúpidas, comportarse de manera pueril y tener conversaciones al nivel de un teenager desde que dejé el instituto.
Supongo que gran parte de todo esto la tiene este momento de crisis existencial que vivimos en la que todo, absolutamente todo nuestro universo conocido parece irse al garete: que si gente volviendo a casa de sus padres después de mil años emancipada, que si medio mundo pensando en emigrar mientras que el otro medio ya lo ha hecho, que si la decepción más absoluta hacia los que nos gobiernan...vale, en momentos así es normal sentirse perdido y actuar sin cabeza y por supuesto sin pensar en las consecuencias, pero tampoco nos podemos quitar mérito, majetes!.
Somos una generación de desencantados. Éramos la gran promesa, los destinados a triunfar y vivir a todo trapo, así nos lo vendió la sociedad en general y nuestros padres en particular. Entonces sales de la universidad y te topas con la cruda realidad; o en el mejor de los casos disfrutas de unos años de vacas gordas y luego te pegas el gran hostión. Esto no es lo que nos habían dicho, y supongo que estábamos preparados para todo menos para esto, porque nos prometieron vivir, y no (con suerte) sobrevivir.
Pero es que este desencanto vital se acaba extendiendo a otras facetas de nuestra vida, y eso es lo verdaderamente triste del asunto. Creo que nunca ha sido más fácil conocer gente, hacer amigos, o ligar; y sin embargo parece que cada vez las relaciones con la gente son cada vez más efímeras y etéreas. Parece que estemos ya a la vuelta de todo, con la mosca detrás de la oreja esperando que nos den el palo (porque nos lo han dado ya, muchas veces), y puede que hasta pensando que las cosas nunca volverán a ser tan bonitas como fueron la primera vez, así que, ¿para que esforzarse? Casi mejor me quedo en mi caparazón, donde solo quepo yo, pero que abriré de vez en cuando (cuando yo quiera, claro) para mostrar una parte de lo que soy; pero que cerraré de golpe en cuanto me sienta amenazada.
Tengo que reconocer que yo he vivivo así demasiado tiempo; exactamente desde la última vez que me hicieron pedazos, va ya para los cuatro años. Al principio bastante tienes con sobrevivir y recomponerte del dolor, cosa que nunca es fácil cuando te pegan un palo muy gordo. En esos momentos el mejor camino es apagar las emociones, si tienes la suficiente inteligencia emocional para hacerlo (que no es mi caso, seamos sinceros), y pasar el duelo lo mejor que puedas. Llega un momento que, no tengo muy claro si es porque dejas de sentirlo, o porque te acostumbras a ello; pero el caso es que duele menos, y puedes empezar a recomponerte y tener otra vez algo parecido a una vida. Y otra vez el juego de los tonteos, de ir probando aquí y allá, eso sí, con el caparazón a medio abrir, siempre dispuesto a pegarle tres palmos de narices al que ose acercarse demasiado.
No os voy a mentir, quedarme soltera a los treinta y pico ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Una vez asentada en ese nuevo estatus (cuando el dolor cesa) empiezas a disfrutar de él. No os voy a descubrir nada nuevo explicando la cantidad de neuras que puede tener una tía en la cabeza a los 20 años. Está en su plenitud física y sin embargo no deja de estar traumatizada con su aspecto: que si estoy gorda, que si tengo celulitis, que si no me gustan mis tetas. Cuando llegas a los treinta ciertas cosas te traen bastante al pairo; no eres perfecta y lo sabes, pero has aprendido a quererte como eres, o al menos a aceptarte, que no es poco; eso no quiere decir que te abandones y no pongas cartas en el asunto para mejorar lo que no te gusta. Por algún macabro motivo la naturaleza no ha querido que nuestra madurez física y sexual se correspondan en el tiempo, y es una gran desgracia. Para que la cosa estuviera equilibrada una treintañera debería estar con un veinteañero, pero hay tantas cosas que acaban fallando en ese binomio que es casi imposible que la cosa tire adelante (aunque no por eso deje de valer la pena intentarlo).
Total, que te plantas en tus treinta y nunca ha sido más fácil ligar, dentro del mercado libre que queda (que cada vez es más escaso, la verdad); no sé si es porque los que vamos quedando estamos más salidos, o que nos ha entrado ya la neura de que se nos escapa la juventud y queremos aprovechar los últimos coletazos de éxito, o simplemente porque nos importa un bledo eso del qué dirán. Pero paradójicamente nunca ha sido tan complicado conocer a alguien de verdad. Las conversaciones sobre estos temas con amigos acaban rozando el surrealismo, a veces ya no sé si hablo con gente de mi edad o me teletransporto al patio del colegio, tal es la profundidad de los razonamientos y comeduras de cabeza.
Reconozco que la última vez que tuve un amago de historia con alguien fue culpa mía que no funcionara, que en cierto modo acabé por convertirme en los que más odiaba de mi anterior relación; en una persona hermética y egoísta que marca su espacio hasta límites insospechados, que no quiere estar sola pero que tampoco deja quererse en realidad. Vale, digamos que nunca estuve convencida del todo, cierto, pero digamos también que era yo la que estaba todo el tiempo poniendo las barreras y diciendo "hasta aquí hemos llegado". Es curioso que tengas que marcharte a vivir a 2500 kilometros de tu casa para darte cuenta de esto, y pensar ¿por qué fui tan cobarde como para no arriesgarme? o, si no quería arriesgarme en realidad, ¿por qué fui tan cobarde de no dejarlo marchar en su día?
El 2012 ha sido sin duda mi año de crecimiento personal, de descubrir mis límites y romperlos, de divertirme y tontear como si no hubiera un mañana. Ligotear en el facebook, el whatsapp, con el amigo de un amigo que te acaban de presentar en un bar, de romperme una pierna y aún así seguir ligoteando. Y me lo he pasado teta, no os voy a mentir, pero me he dado cuenta de que he sido valiente en todos los ámbitos de mi vida excepto en este, en el que no he arriesgado ni un ápice. Y joder, si hay una cosa que me ha quedado clara este año es que no soy una cobarde, lo he demostrado con creces. Últimamente me da por pensar que me estoy perdiendo algo que en realidad molaba mucho, y ya sabéis los que me conocéis lo que me fastidia perderme nada. No estoy hablando de tener pareja, estoy hablando de algo más sutil; de dejar que alguien te conozca de verdad, de bajar esa coraza y mostrarte como eres, como harías como un amigo; de dejar que las cosas sucedan sin ponerles trabas; arriesgarte a ser vulnerable y que puedan hacerte daño.
Creedme, malditas las ganas que tengo de que me hagan daño, la verdad es que me aterra, pero me estoy aburriendo de tanta superficialidad, del "ya nos veremos" y las mil barreras mentales que nos ponemos, como si fuéramos niños asustados. Así que este año me he propuesto arriesgarme más, puede que me pegue el palo, pero no creo que nadie haya ganado algo sin correr algún riesgo. Al menos me demostraré a mí misma que estoy viva de verdad, que puedo sentir, y que no tengo miedo al fracaso; porque es en la enseñanza de los fracasos donde al final acabamos gestando nuestros éxitos futuros. Y porque necesito recordar por qué este es mi pasaje favorito de uno de mis libros de cabecera.
Imagino que os preguntaréis en qué fundo semejante afirmación. Bueno, para empezar yo me encuentro dentro de tan selecto grupo, y gran parte de mis amigos también; así que además de mi propia experiencia, cuento con bastante campo para mi estudio sociológico. Y os aseguro que no he visto a tanta gente hacer cosas estúpidas, comportarse de manera pueril y tener conversaciones al nivel de un teenager desde que dejé el instituto.
Supongo que gran parte de todo esto la tiene este momento de crisis existencial que vivimos en la que todo, absolutamente todo nuestro universo conocido parece irse al garete: que si gente volviendo a casa de sus padres después de mil años emancipada, que si medio mundo pensando en emigrar mientras que el otro medio ya lo ha hecho, que si la decepción más absoluta hacia los que nos gobiernan...vale, en momentos así es normal sentirse perdido y actuar sin cabeza y por supuesto sin pensar en las consecuencias, pero tampoco nos podemos quitar mérito, majetes!.
Somos una generación de desencantados. Éramos la gran promesa, los destinados a triunfar y vivir a todo trapo, así nos lo vendió la sociedad en general y nuestros padres en particular. Entonces sales de la universidad y te topas con la cruda realidad; o en el mejor de los casos disfrutas de unos años de vacas gordas y luego te pegas el gran hostión. Esto no es lo que nos habían dicho, y supongo que estábamos preparados para todo menos para esto, porque nos prometieron vivir, y no (con suerte) sobrevivir.
Pero es que este desencanto vital se acaba extendiendo a otras facetas de nuestra vida, y eso es lo verdaderamente triste del asunto. Creo que nunca ha sido más fácil conocer gente, hacer amigos, o ligar; y sin embargo parece que cada vez las relaciones con la gente son cada vez más efímeras y etéreas. Parece que estemos ya a la vuelta de todo, con la mosca detrás de la oreja esperando que nos den el palo (porque nos lo han dado ya, muchas veces), y puede que hasta pensando que las cosas nunca volverán a ser tan bonitas como fueron la primera vez, así que, ¿para que esforzarse? Casi mejor me quedo en mi caparazón, donde solo quepo yo, pero que abriré de vez en cuando (cuando yo quiera, claro) para mostrar una parte de lo que soy; pero que cerraré de golpe en cuanto me sienta amenazada.
Tengo que reconocer que yo he vivivo así demasiado tiempo; exactamente desde la última vez que me hicieron pedazos, va ya para los cuatro años. Al principio bastante tienes con sobrevivir y recomponerte del dolor, cosa que nunca es fácil cuando te pegan un palo muy gordo. En esos momentos el mejor camino es apagar las emociones, si tienes la suficiente inteligencia emocional para hacerlo (que no es mi caso, seamos sinceros), y pasar el duelo lo mejor que puedas. Llega un momento que, no tengo muy claro si es porque dejas de sentirlo, o porque te acostumbras a ello; pero el caso es que duele menos, y puedes empezar a recomponerte y tener otra vez algo parecido a una vida. Y otra vez el juego de los tonteos, de ir probando aquí y allá, eso sí, con el caparazón a medio abrir, siempre dispuesto a pegarle tres palmos de narices al que ose acercarse demasiado.
No os voy a mentir, quedarme soltera a los treinta y pico ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Una vez asentada en ese nuevo estatus (cuando el dolor cesa) empiezas a disfrutar de él. No os voy a descubrir nada nuevo explicando la cantidad de neuras que puede tener una tía en la cabeza a los 20 años. Está en su plenitud física y sin embargo no deja de estar traumatizada con su aspecto: que si estoy gorda, que si tengo celulitis, que si no me gustan mis tetas. Cuando llegas a los treinta ciertas cosas te traen bastante al pairo; no eres perfecta y lo sabes, pero has aprendido a quererte como eres, o al menos a aceptarte, que no es poco; eso no quiere decir que te abandones y no pongas cartas en el asunto para mejorar lo que no te gusta. Por algún macabro motivo la naturaleza no ha querido que nuestra madurez física y sexual se correspondan en el tiempo, y es una gran desgracia. Para que la cosa estuviera equilibrada una treintañera debería estar con un veinteañero, pero hay tantas cosas que acaban fallando en ese binomio que es casi imposible que la cosa tire adelante (aunque no por eso deje de valer la pena intentarlo).
Total, que te plantas en tus treinta y nunca ha sido más fácil ligar, dentro del mercado libre que queda (que cada vez es más escaso, la verdad); no sé si es porque los que vamos quedando estamos más salidos, o que nos ha entrado ya la neura de que se nos escapa la juventud y queremos aprovechar los últimos coletazos de éxito, o simplemente porque nos importa un bledo eso del qué dirán. Pero paradójicamente nunca ha sido tan complicado conocer a alguien de verdad. Las conversaciones sobre estos temas con amigos acaban rozando el surrealismo, a veces ya no sé si hablo con gente de mi edad o me teletransporto al patio del colegio, tal es la profundidad de los razonamientos y comeduras de cabeza.
Reconozco que la última vez que tuve un amago de historia con alguien fue culpa mía que no funcionara, que en cierto modo acabé por convertirme en los que más odiaba de mi anterior relación; en una persona hermética y egoísta que marca su espacio hasta límites insospechados, que no quiere estar sola pero que tampoco deja quererse en realidad. Vale, digamos que nunca estuve convencida del todo, cierto, pero digamos también que era yo la que estaba todo el tiempo poniendo las barreras y diciendo "hasta aquí hemos llegado". Es curioso que tengas que marcharte a vivir a 2500 kilometros de tu casa para darte cuenta de esto, y pensar ¿por qué fui tan cobarde como para no arriesgarme? o, si no quería arriesgarme en realidad, ¿por qué fui tan cobarde de no dejarlo marchar en su día?
El 2012 ha sido sin duda mi año de crecimiento personal, de descubrir mis límites y romperlos, de divertirme y tontear como si no hubiera un mañana. Ligotear en el facebook, el whatsapp, con el amigo de un amigo que te acaban de presentar en un bar, de romperme una pierna y aún así seguir ligoteando. Y me lo he pasado teta, no os voy a mentir, pero me he dado cuenta de que he sido valiente en todos los ámbitos de mi vida excepto en este, en el que no he arriesgado ni un ápice. Y joder, si hay una cosa que me ha quedado clara este año es que no soy una cobarde, lo he demostrado con creces. Últimamente me da por pensar que me estoy perdiendo algo que en realidad molaba mucho, y ya sabéis los que me conocéis lo que me fastidia perderme nada. No estoy hablando de tener pareja, estoy hablando de algo más sutil; de dejar que alguien te conozca de verdad, de bajar esa coraza y mostrarte como eres, como harías como un amigo; de dejar que las cosas sucedan sin ponerles trabas; arriesgarte a ser vulnerable y que puedan hacerte daño.
Creedme, malditas las ganas que tengo de que me hagan daño, la verdad es que me aterra, pero me estoy aburriendo de tanta superficialidad, del "ya nos veremos" y las mil barreras mentales que nos ponemos, como si fuéramos niños asustados. Así que este año me he propuesto arriesgarme más, puede que me pegue el palo, pero no creo que nadie haya ganado algo sin correr algún riesgo. Al menos me demostraré a mí misma que estoy viva de verdad, que puedo sentir, y que no tengo miedo al fracaso; porque es en la enseñanza de los fracasos donde al final acabamos gestando nuestros éxitos futuros. Y porque necesito recordar por qué este es mi pasaje favorito de uno de mis libros de cabecera.
sábado, 12 de enero de 2013
Cosas que aprendí en 365 días
Estaba preparando un post larguísimo acerca del difunto 2012, pero a
medio camino decidí abandonarlo. En primer lugar, porque a 12 de enero
ya no le veía demasiado sentido al momento revival; y por otro lado,
nada de lo que escribiese iba a hacerle justicia al que para mí ha sido
el año más excitante, enriquecedor, loco, emocionante y maravilloso
desde que tengo uso de razón.
Así que en vez de contaros las virtudes y penurias de este año, que ya las sabéis, trataré de explicar lo que he aprendido de todo esto, que en realidad es lo único importante.
He aprendido que desapegarse de tus cosas duele mucho, porque ellas acaban siendo una proyección de lo que fuíste, lo que eres, y lo que te gusta. Pero que no tenerlas cerca también hace que te cuestiones si eran tan importantes en realidad, o solo seguían ahí por inercia. Por otro lado, para empezar algo nuevo necesitas hacer espacio en tu vida, aunque eso no quiere decir que no haya rescatado alguna que otra "joya" de mi pasado cada vez que he podido.
Descubrí lo mucho que me gusta la gente. Vamos a ver, eso ya lo sabía, soy un animal social; pero el hecho de empezar una vida de cero en otro lugar, de tener que construir nuevamente esos vínculos con otra gente, y volver a pasar por ese proceso de conocimiento mutuo con mucha gente a la vez; te hace valorar de otro modo lo que tenías en tu vida. No me malinterpretéis, yo siempre he querido con locura a mis amigos, pero tenerlos lejos me ha hecho quererlos y valorarlos aún más, y volverme más comprensiva y tolerante a sus pequeñas miserias cotidianas.
Lo que más me costó quizá fue aunar los dos primeros conocimientos en uno solo y descubrir que tu cuerpo y tu mente deben vivir en el mismo lugar. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. No puedes vivir tu vida pendiente del skype, ni vivir una vida ajena (la que te cuentan tu familia y amigos). Tu vida está donde tú estés, y es lo único con lo que puedes contar en realidad. Descubrí una nueva dimensión en el concepto de soledad, y es algo por lo que hay que pasar, enfrentarse tú a tú con lo que eres y decirte "esto es lo que tengo, y a partir de aquí podemos trabajar en construir algo nuevo, o podemos seguir llorando por lo que perdimos". Estar tan solo dá miedo, porque a veces descubres cosas que no te gustan de ti mismo, y otras descubres que alguna gente era mucho más importante para tí de lo que llevabas tiempo negándote. Pero ya no hay vuelta atrás, como mucho te queda una disculpa y una explicación, y el firme propósito de hacerlo mejor la próxima vez.
También aprendí que cuando lo has perdido absolutamente todo y te encuentras en ese estado de soledad absoluto, lo único que queda es tu esencia, tu "yo" más íntimo. El coraje es lo que nos mantiene vivos cuando todo lo demás desaparece, lo que nos hace levantarnos por la mañana y luchar día a día, porque seguimos vivos, porque aún hay algo por lo que seguir adelante. Y también descubrí que cuando no tienes absolutamente nada que ofrecer excepto lo que tú eres, no te queda otra opción que ser tú mismo, sin tapujos, sin máscaras; y es en ese momento cuando se conoce a la gente más maravillosa, porque te valoran por lo que eres, y ven de una manera meridiana (mejor que tú, incluso) lo que puedes llegar a ser.
Lo último que aprendí es que una vez que construyes nuevamente tu vida partiendo de la nada; que vas superando los baches, por duros que sean, y tiras adelante; un día te levantas pensando que eres feliz, sin un motivo concreto, pero lo eres. Es maravillosa esa sensación de saber que todo lo que has conseguido lo has logrado tú solo, sin la ayuda de nadie, que cada pequeño logro ha sido una lucha, y te has levantado de cada fracaso gracias a tu fuerza interior. Te sientes orgulloso, seguro de ti mismo, y poderoso. Porque está bien ponerse a prueba de vez en cuando, aunque solo sea para demostrarte de lo que eres capaz, así es como sabes que la próxima vez que caigas sabrás levantarte, por mucho que duela. Y porque me gusta pensar que mi vida puede ser exactamente como yo quiero que sea, si me lo propongo de verdad.
Así que en vez de contaros las virtudes y penurias de este año, que ya las sabéis, trataré de explicar lo que he aprendido de todo esto, que en realidad es lo único importante.
He aprendido que desapegarse de tus cosas duele mucho, porque ellas acaban siendo una proyección de lo que fuíste, lo que eres, y lo que te gusta. Pero que no tenerlas cerca también hace que te cuestiones si eran tan importantes en realidad, o solo seguían ahí por inercia. Por otro lado, para empezar algo nuevo necesitas hacer espacio en tu vida, aunque eso no quiere decir que no haya rescatado alguna que otra "joya" de mi pasado cada vez que he podido.
Descubrí lo mucho que me gusta la gente. Vamos a ver, eso ya lo sabía, soy un animal social; pero el hecho de empezar una vida de cero en otro lugar, de tener que construir nuevamente esos vínculos con otra gente, y volver a pasar por ese proceso de conocimiento mutuo con mucha gente a la vez; te hace valorar de otro modo lo que tenías en tu vida. No me malinterpretéis, yo siempre he querido con locura a mis amigos, pero tenerlos lejos me ha hecho quererlos y valorarlos aún más, y volverme más comprensiva y tolerante a sus pequeñas miserias cotidianas.
Lo que más me costó quizá fue aunar los dos primeros conocimientos en uno solo y descubrir que tu cuerpo y tu mente deben vivir en el mismo lugar. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. No puedes vivir tu vida pendiente del skype, ni vivir una vida ajena (la que te cuentan tu familia y amigos). Tu vida está donde tú estés, y es lo único con lo que puedes contar en realidad. Descubrí una nueva dimensión en el concepto de soledad, y es algo por lo que hay que pasar, enfrentarse tú a tú con lo que eres y decirte "esto es lo que tengo, y a partir de aquí podemos trabajar en construir algo nuevo, o podemos seguir llorando por lo que perdimos". Estar tan solo dá miedo, porque a veces descubres cosas que no te gustan de ti mismo, y otras descubres que alguna gente era mucho más importante para tí de lo que llevabas tiempo negándote. Pero ya no hay vuelta atrás, como mucho te queda una disculpa y una explicación, y el firme propósito de hacerlo mejor la próxima vez.
También aprendí que cuando lo has perdido absolutamente todo y te encuentras en ese estado de soledad absoluto, lo único que queda es tu esencia, tu "yo" más íntimo. El coraje es lo que nos mantiene vivos cuando todo lo demás desaparece, lo que nos hace levantarnos por la mañana y luchar día a día, porque seguimos vivos, porque aún hay algo por lo que seguir adelante. Y también descubrí que cuando no tienes absolutamente nada que ofrecer excepto lo que tú eres, no te queda otra opción que ser tú mismo, sin tapujos, sin máscaras; y es en ese momento cuando se conoce a la gente más maravillosa, porque te valoran por lo que eres, y ven de una manera meridiana (mejor que tú, incluso) lo que puedes llegar a ser.
Lo último que aprendí es que una vez que construyes nuevamente tu vida partiendo de la nada; que vas superando los baches, por duros que sean, y tiras adelante; un día te levantas pensando que eres feliz, sin un motivo concreto, pero lo eres. Es maravillosa esa sensación de saber que todo lo que has conseguido lo has logrado tú solo, sin la ayuda de nadie, que cada pequeño logro ha sido una lucha, y te has levantado de cada fracaso gracias a tu fuerza interior. Te sientes orgulloso, seguro de ti mismo, y poderoso. Porque está bien ponerse a prueba de vez en cuando, aunque solo sea para demostrarte de lo que eres capaz, así es como sabes que la próxima vez que caigas sabrás levantarte, por mucho que duela. Y porque me gusta pensar que mi vida puede ser exactamente como yo quiero que sea, si me lo propongo de verdad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


