Últimamente no puedo sacarme esta idea de la cabeza: los treinta y pico son la segunda adolescencia.
Imagino que os preguntaréis en qué fundo semejante afirmación. Bueno, para empezar yo me encuentro dentro de tan selecto grupo, y gran parte de mis amigos también; así que además de mi propia experiencia, cuento con bastante campo para mi estudio sociológico. Y os aseguro que no he visto a tanta gente hacer cosas estúpidas, comportarse de manera pueril y tener conversaciones al nivel de un teenager desde que dejé el instituto.
Supongo que gran parte de todo esto la tiene este momento de crisis existencial que vivimos en la que todo, absolutamente todo nuestro universo conocido parece irse al garete: que si gente volviendo a casa de sus padres después de mil años emancipada, que si medio mundo pensando en emigrar mientras que el otro medio ya lo ha hecho, que si la decepción más absoluta hacia los que nos gobiernan...vale, en momentos así es normal sentirse perdido y actuar sin cabeza y por supuesto sin pensar en las consecuencias, pero tampoco nos podemos quitar mérito, majetes!.
Somos una generación de desencantados. Éramos la gran promesa, los destinados a triunfar y vivir a todo trapo, así nos lo vendió la sociedad en general y nuestros padres en particular. Entonces sales de la universidad y te topas con la cruda realidad; o en el mejor de los casos disfrutas de unos años de vacas gordas y luego te pegas el gran hostión. Esto no es lo que nos habían dicho, y supongo que estábamos preparados para todo menos para esto, porque nos prometieron vivir, y no (con suerte) sobrevivir.
Pero es que este desencanto vital se acaba extendiendo a otras facetas de nuestra vida, y eso es lo verdaderamente triste del asunto. Creo que nunca ha sido más fácil conocer gente, hacer amigos, o ligar; y sin embargo parece que cada vez las relaciones con la gente son cada vez más efímeras y etéreas. Parece que estemos ya a la vuelta de todo, con la mosca detrás de la oreja esperando que nos den el palo (porque nos lo han dado ya, muchas veces), y puede que hasta pensando que las cosas nunca volverán a ser tan bonitas como fueron la primera vez, así que, ¿para que esforzarse? Casi mejor me quedo en mi caparazón, donde solo quepo yo, pero que abriré de vez en cuando (cuando yo quiera, claro) para mostrar una parte de lo que soy; pero que cerraré de golpe en cuanto me sienta amenazada.
Tengo que reconocer que yo he vivivo así demasiado tiempo; exactamente desde la última vez que me hicieron pedazos, va ya para los cuatro años. Al principio bastante tienes con sobrevivir y recomponerte del dolor, cosa que nunca es fácil cuando te pegan un palo muy gordo. En esos momentos el mejor camino es apagar las emociones, si tienes la suficiente inteligencia emocional para hacerlo (que no es mi caso, seamos sinceros), y pasar el duelo lo mejor que puedas. Llega un momento que, no tengo muy claro si es porque dejas de sentirlo, o porque te acostumbras a ello; pero el caso es que duele menos, y puedes empezar a recomponerte y tener otra vez algo parecido a una vida. Y otra vez el juego de los tonteos, de ir probando aquí y allá, eso sí, con el caparazón a medio abrir, siempre dispuesto a pegarle tres palmos de narices al que ose acercarse demasiado.
No os voy a mentir, quedarme soltera a los treinta y pico ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Una vez asentada en ese nuevo estatus (cuando el dolor cesa) empiezas a disfrutar de él. No os voy a descubrir nada nuevo explicando la cantidad de neuras que puede tener una tía en la cabeza a los 20 años. Está en su plenitud física y sin embargo no deja de estar traumatizada con su aspecto: que si estoy gorda, que si tengo celulitis, que si no me gustan mis tetas. Cuando llegas a los treinta ciertas cosas te traen bastante al pairo; no eres perfecta y lo sabes, pero has aprendido a quererte como eres, o al menos a aceptarte, que no es poco; eso no quiere decir que te abandones y no pongas cartas en el asunto para mejorar lo que no te gusta. Por algún macabro motivo la naturaleza no ha querido que nuestra madurez física y sexual se correspondan en el tiempo, y es una gran desgracia. Para que la cosa estuviera equilibrada una treintañera debería estar con un veinteañero, pero hay tantas cosas que acaban fallando en ese binomio que es casi imposible que la cosa tire adelante (aunque no por eso deje de valer la pena intentarlo).
Total, que te plantas en tus treinta y nunca ha sido más fácil ligar, dentro del mercado libre que queda (que cada vez es más escaso, la verdad); no sé si es porque los que vamos quedando estamos más salidos, o que nos ha entrado ya la neura de que se nos escapa la juventud y queremos aprovechar los últimos coletazos de éxito, o simplemente porque nos importa un bledo eso del qué dirán. Pero paradójicamente nunca ha sido tan complicado conocer a alguien de verdad. Las conversaciones sobre estos temas con amigos acaban rozando el surrealismo, a veces ya no sé si hablo con gente de mi edad o me teletransporto al patio del colegio, tal es la profundidad de los razonamientos y comeduras de cabeza.
Reconozco que la última vez que tuve un amago de historia con alguien fue culpa mía que no funcionara, que en cierto modo acabé por convertirme en los que más odiaba de mi anterior relación; en una persona hermética y egoísta que marca su espacio hasta límites insospechados, que no quiere estar sola pero que tampoco deja quererse en realidad. Vale, digamos que nunca estuve convencida del todo, cierto, pero digamos también que era yo la que estaba todo el tiempo poniendo las barreras y diciendo "hasta aquí hemos llegado". Es curioso que tengas que marcharte a vivir a 2500 kilometros de tu casa para darte cuenta de esto, y pensar ¿por qué fui tan cobarde como para no arriesgarme? o, si no quería arriesgarme en realidad, ¿por qué fui tan cobarde de no dejarlo marchar en su día?
El 2012 ha sido sin duda mi año de crecimiento personal, de descubrir mis límites y romperlos, de divertirme y tontear como si no hubiera un mañana. Ligotear en el facebook, el whatsapp, con el amigo de un amigo que te acaban de presentar en un bar, de romperme una pierna y aún así seguir ligoteando. Y me lo he pasado teta, no os voy a mentir, pero me he dado cuenta de que he sido valiente en todos los ámbitos de mi vida excepto en este, en el que no he arriesgado ni un ápice. Y joder, si hay una cosa que me ha quedado clara este año es que no soy una cobarde, lo he demostrado con creces. Últimamente me da por pensar que me estoy perdiendo algo que en realidad
molaba mucho, y ya sabéis los que me conocéis lo que me fastidia
perderme nada. No estoy hablando de tener pareja, estoy hablando de algo más sutil; de dejar que alguien te conozca de verdad, de bajar esa coraza y mostrarte como eres, como harías como un amigo; de dejar que las cosas sucedan sin ponerles trabas; arriesgarte a ser vulnerable y que puedan hacerte daño.
Creedme, malditas las ganas que tengo de que me hagan daño, la verdad es que me aterra, pero me estoy aburriendo de tanta superficialidad, del "ya nos veremos" y las mil barreras mentales que nos ponemos, como si fuéramos niños asustados. Así que este año me he propuesto arriesgarme más, puede que me pegue el palo, pero no creo que nadie haya ganado algo sin correr algún riesgo. Al menos me demostraré a mí misma que estoy viva de verdad, que puedo sentir, y que no tengo miedo al fracaso; porque es en la enseñanza de los fracasos donde al final acabamos gestando nuestros éxitos futuros. Y porque necesito recordar por qué este es mi pasaje favorito de uno de mis libros de cabecera.
martes, 15 de enero de 2013
sábado, 12 de enero de 2013
Cosas que aprendí en 365 días
Estaba preparando un post larguísimo acerca del difunto 2012, pero a
medio camino decidí abandonarlo. En primer lugar, porque a 12 de enero
ya no le veía demasiado sentido al momento revival; y por otro lado,
nada de lo que escribiese iba a hacerle justicia al que para mí ha sido
el año más excitante, enriquecedor, loco, emocionante y maravilloso
desde que tengo uso de razón.
Así que en vez de contaros las virtudes y penurias de este año, que ya las sabéis, trataré de explicar lo que he aprendido de todo esto, que en realidad es lo único importante.
He aprendido que desapegarse de tus cosas duele mucho, porque ellas acaban siendo una proyección de lo que fuíste, lo que eres, y lo que te gusta. Pero que no tenerlas cerca también hace que te cuestiones si eran tan importantes en realidad, o solo seguían ahí por inercia. Por otro lado, para empezar algo nuevo necesitas hacer espacio en tu vida, aunque eso no quiere decir que no haya rescatado alguna que otra "joya" de mi pasado cada vez que he podido.
Descubrí lo mucho que me gusta la gente. Vamos a ver, eso ya lo sabía, soy un animal social; pero el hecho de empezar una vida de cero en otro lugar, de tener que construir nuevamente esos vínculos con otra gente, y volver a pasar por ese proceso de conocimiento mutuo con mucha gente a la vez; te hace valorar de otro modo lo que tenías en tu vida. No me malinterpretéis, yo siempre he querido con locura a mis amigos, pero tenerlos lejos me ha hecho quererlos y valorarlos aún más, y volverme más comprensiva y tolerante a sus pequeñas miserias cotidianas.
Lo que más me costó quizá fue aunar los dos primeros conocimientos en uno solo y descubrir que tu cuerpo y tu mente deben vivir en el mismo lugar. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. No puedes vivir tu vida pendiente del skype, ni vivir una vida ajena (la que te cuentan tu familia y amigos). Tu vida está donde tú estés, y es lo único con lo que puedes contar en realidad. Descubrí una nueva dimensión en el concepto de soledad, y es algo por lo que hay que pasar, enfrentarse tú a tú con lo que eres y decirte "esto es lo que tengo, y a partir de aquí podemos trabajar en construir algo nuevo, o podemos seguir llorando por lo que perdimos". Estar tan solo dá miedo, porque a veces descubres cosas que no te gustan de ti mismo, y otras descubres que alguna gente era mucho más importante para tí de lo que llevabas tiempo negándote. Pero ya no hay vuelta atrás, como mucho te queda una disculpa y una explicación, y el firme propósito de hacerlo mejor la próxima vez.
También aprendí que cuando lo has perdido absolutamente todo y te encuentras en ese estado de soledad absoluto, lo único que queda es tu esencia, tu "yo" más íntimo. El coraje es lo que nos mantiene vivos cuando todo lo demás desaparece, lo que nos hace levantarnos por la mañana y luchar día a día, porque seguimos vivos, porque aún hay algo por lo que seguir adelante. Y también descubrí que cuando no tienes absolutamente nada que ofrecer excepto lo que tú eres, no te queda otra opción que ser tú mismo, sin tapujos, sin máscaras; y es en ese momento cuando se conoce a la gente más maravillosa, porque te valoran por lo que eres, y ven de una manera meridiana (mejor que tú, incluso) lo que puedes llegar a ser.
Lo último que aprendí es que una vez que construyes nuevamente tu vida partiendo de la nada; que vas superando los baches, por duros que sean, y tiras adelante; un día te levantas pensando que eres feliz, sin un motivo concreto, pero lo eres. Es maravillosa esa sensación de saber que todo lo que has conseguido lo has logrado tú solo, sin la ayuda de nadie, que cada pequeño logro ha sido una lucha, y te has levantado de cada fracaso gracias a tu fuerza interior. Te sientes orgulloso, seguro de ti mismo, y poderoso. Porque está bien ponerse a prueba de vez en cuando, aunque solo sea para demostrarte de lo que eres capaz, así es como sabes que la próxima vez que caigas sabrás levantarte, por mucho que duela. Y porque me gusta pensar que mi vida puede ser exactamente como yo quiero que sea, si me lo propongo de verdad.
Así que en vez de contaros las virtudes y penurias de este año, que ya las sabéis, trataré de explicar lo que he aprendido de todo esto, que en realidad es lo único importante.
He aprendido que desapegarse de tus cosas duele mucho, porque ellas acaban siendo una proyección de lo que fuíste, lo que eres, y lo que te gusta. Pero que no tenerlas cerca también hace que te cuestiones si eran tan importantes en realidad, o solo seguían ahí por inercia. Por otro lado, para empezar algo nuevo necesitas hacer espacio en tu vida, aunque eso no quiere decir que no haya rescatado alguna que otra "joya" de mi pasado cada vez que he podido.
Descubrí lo mucho que me gusta la gente. Vamos a ver, eso ya lo sabía, soy un animal social; pero el hecho de empezar una vida de cero en otro lugar, de tener que construir nuevamente esos vínculos con otra gente, y volver a pasar por ese proceso de conocimiento mutuo con mucha gente a la vez; te hace valorar de otro modo lo que tenías en tu vida. No me malinterpretéis, yo siempre he querido con locura a mis amigos, pero tenerlos lejos me ha hecho quererlos y valorarlos aún más, y volverme más comprensiva y tolerante a sus pequeñas miserias cotidianas.
Lo que más me costó quizá fue aunar los dos primeros conocimientos en uno solo y descubrir que tu cuerpo y tu mente deben vivir en el mismo lugar. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. No puedes vivir tu vida pendiente del skype, ni vivir una vida ajena (la que te cuentan tu familia y amigos). Tu vida está donde tú estés, y es lo único con lo que puedes contar en realidad. Descubrí una nueva dimensión en el concepto de soledad, y es algo por lo que hay que pasar, enfrentarse tú a tú con lo que eres y decirte "esto es lo que tengo, y a partir de aquí podemos trabajar en construir algo nuevo, o podemos seguir llorando por lo que perdimos". Estar tan solo dá miedo, porque a veces descubres cosas que no te gustan de ti mismo, y otras descubres que alguna gente era mucho más importante para tí de lo que llevabas tiempo negándote. Pero ya no hay vuelta atrás, como mucho te queda una disculpa y una explicación, y el firme propósito de hacerlo mejor la próxima vez.
También aprendí que cuando lo has perdido absolutamente todo y te encuentras en ese estado de soledad absoluto, lo único que queda es tu esencia, tu "yo" más íntimo. El coraje es lo que nos mantiene vivos cuando todo lo demás desaparece, lo que nos hace levantarnos por la mañana y luchar día a día, porque seguimos vivos, porque aún hay algo por lo que seguir adelante. Y también descubrí que cuando no tienes absolutamente nada que ofrecer excepto lo que tú eres, no te queda otra opción que ser tú mismo, sin tapujos, sin máscaras; y es en ese momento cuando se conoce a la gente más maravillosa, porque te valoran por lo que eres, y ven de una manera meridiana (mejor que tú, incluso) lo que puedes llegar a ser.
Lo último que aprendí es que una vez que construyes nuevamente tu vida partiendo de la nada; que vas superando los baches, por duros que sean, y tiras adelante; un día te levantas pensando que eres feliz, sin un motivo concreto, pero lo eres. Es maravillosa esa sensación de saber que todo lo que has conseguido lo has logrado tú solo, sin la ayuda de nadie, que cada pequeño logro ha sido una lucha, y te has levantado de cada fracaso gracias a tu fuerza interior. Te sientes orgulloso, seguro de ti mismo, y poderoso. Porque está bien ponerse a prueba de vez en cuando, aunque solo sea para demostrarte de lo que eres capaz, así es como sabes que la próxima vez que caigas sabrás levantarte, por mucho que duela. Y porque me gusta pensar que mi vida puede ser exactamente como yo quiero que sea, si me lo propongo de verdad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)